Una brisa de aire fresco en el caos: nuestros soldados en Uganda

A la vista de la situación interior del país, con un gobierno nervioso por el acoso de la oposición que no le deja tomar las medidas que ellos pondrían y que apoyan en otros lugares de Europa, con una oposición cegada por la posibilidad de que la gobernación de España les sobrevenga como una fruta madura, con unos gobernantes autonómicos desbarrando porque, ante la posibilidad de ser imputados por cohecho impropio-inhabilitación y algunos años en el trullo con otro tipo de trajes rayados-, dicen que son perseguidos por el aparato del Estado y amenazan con envolverse en la senyera de su patria chica-el viejo truco de los patriotas de pacotilla-, y con una población que ve las cosas tan mal que ya se presenta como resignada y dispuesta para el sacrificio de ser gobernada por un partido en el que están alojados los franquistas de toda la vida-la transición continúa-, a la vista de todo ello, es gratificante volver la mirada al exterior, donde hay un grupo de españoles- treinta y ocho- que trabaja por la paz, lejos de sus hogares, para «crear unas estructuras militares eficaces que permitan la pacificación de Somalia y lograr así la expulsión de los rebeldes islamistas que operan en el país».
El escenario es la selva del suroeste de Uganda, por razones de seguridad y para evitar la deserción de los adiestrados, cuyo sueldo, de unos 100 euros mensuales se les retiene además hasta que acabe el adiestramiento a lo largo de seis meses.
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